Las Partículas Elementales – Michel Houellebecq
Hay libros que se nos agarran de las paredes de la garganta como evitando la caida a un espacio húmedo y oscuro, cerca de los riñones que le toca patear desde adentro, los entiendo. No sé la magnitud de la caída ni la fuerza que la empuja; pero si hay algo de lo que estoy seguro, es que este libro no sería el mismo sino se pudiese caer. El vértigo es necesario, el golpe es obligatorio. Los dos hermanastros, Bruno y Michel lo saben de sobra.
En un momento en el que todo el cine parece tener escondida una mirada al más armado y deslumbrante apocalipsis, Houellebecq se encarga de mostrarnos que no hay porqué temerle a los cataclismos o las formas de venganza de un universo que supuestamente se acuerda de nuestra existencia. El peor miedo es el olvido. No hacen falta efectos visuales o grandes placas de tierra cayéndonos sobre la cabeza, simplemente hay que dejar el tiempo correr y el orden universal se ocupará de dar cuentas de que no estuvimos nunca en este punto que reclamamos como originario.
Si bien podríamos decir que los dos personajes condensan toda la humanidad en sus espaldas, las estrellas de esta catástrofe no son más que el deseo y la fuga. Como Nietzsche nos mostró su genealogía de la moral, tranquilamente podríamos decir que Houellebecq toma este bagaje nihilista y nos corta los párpados para que veamos el devenir de una humanidad atada al deseo sin poder parpadear. Pero no es eso lo que duele, sino la falta del deseo, la muestra (son su perfecta justificación) de que el deseo es el propulsor primero de toda una raza. Si existe una fuga que marca el texto desde el comienzo es la búsqueda del deseo, algo inalcanzable pero tácticamente presente.
Parte de nuestra obligación (no es una tarea, la lectura es un acto de complicidad) es entenderlo también como una de las partículas elementales de la sociedad occidental moderna, y quizás, siempre quizás, otra de ellas sea el amor; algo que su binómica personificación jamás pudo encontrar.
Un trago amargo, pero no podemos esperar menos de un maestro del realismo decadente.
Deuda Externa y Divina
La calle enardecida como todos los sábados populosos de las siete de la tarde y sin embargo ella se para ahí, con una mano que sostiene una columna de volantes y la otra vacía para ahorcar la lógica o el razonamiento.
Todos los que bajan ese mismo cordón para subir al de enfrente corren el riesgo, la posibilidad de que te aborde cuando no querés ser abordado y menos por alguien que blande una bandera, el estandarte del fanatismo.
Y es ahí cuando viene la consigna, esa carta de presentación como auxiliar de lo táctil, el panfleto bailando en tu cara y su voz estridente diciendo:
“Te interesa conocer a Dios?“
Ante la primer negativa, (ahora pienso que en realidad, si es que existe si me interesaría conocerlo, quizás para enojarme un poco con él) desenvaina lo que da lugar a este texto:
“El murió por vos.“
No dije nada, seguí caminando, pero me dejó pensando, no en lo que a la señora de pollera y tobillos gordos le hubiese gustado, sino que me dejó pensando en la forma en que suman fieles, en lo transparente que es el mecanismo de enrolamiento. La Culpa, todo gira en torno a ella. Y sin asco la presentan sin maquillaje, para que le des la mano o la invites a tu casa. Algo cambió en la orden comunicacional del mito religioso para que los mecanismos de coerción sean tan primitivos en su construcción como lo volvieron a ser.
Frente a los ojos de los fieles siempre va a haber una deuda entre nosotros y un ente superior (llámese Dios, prójimo, bien común, sociedad, etc.), algo infinito como si la economía entre los dos fuese insalvable. Y no hablo de una culpa legal, ese es otro tema en el que no me voy a sumergir, simplemente voy a dejar este concepto bajo el marco de que la culpa existe como algo evitable y más que nada relacionado a la autoría de una trasgresión a las leyes de la ética y la moral (una moral que también va de la mano con la religión).
Ahora, la pregunta es necesaria, ¿Qué sería de la religión sin la culpa?
Podemos buscarlo donde se nos ocurra, en Dostoievsky (quien se encargó de desarrollar la idea de que un hombre puede ser responsable de la culpa de otro hombre, acercándose a la idea de culpa colectiva que ya se trataba en el antiguo testamento), en los primeros análisis de Freud sobre la tradición Judeo-Cristiana, en Weber o en Durkheim entre otros; pero no se olvidemos a Edipo, la culpa y la castración son parte de una sucesión que parece obligatoria.
Como sino fuese suficiente abrir los ojos a la verdad benjaminiana de que “No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de Barbarie“ y cargar con la culpa de un progreso a base de revoluciones truncas y vidas sometidas, hay siempre un voz dispuesta a decirnos que le debemos algo.
Bastardos definitívamente sin gloria.

Lo justo sería decir que jamás me gustó Tarantino a pesar de lo mucho que me gustó Reservoir Dogs. Pero la duda eterna es si estoy hablando o no del mismo Tarantino, estoy totalmente seguro de que no es el mismo. Y si me equivoco, hablamos de un productor agotado en su poder creativo o acostumbrado a entender el cine en una línea temporal y estilística no cronológica ni coherente en el uso de los cánones (la violencia excesiva, la falta de madurez de los personajes o el uso excesivo de los estereotipos creyendo que se es fiel). Es decir, algo muy común hoy.
Sinceramente, para encontrar cualquiera de esos rasgos vuelvo a las fuentes: Kubrick o el tan amado cine japonés que nuestro amigo Quentin dijo haber honrado en Kill Bill: Ki Duk, Kitano o Mike.
Antes de empezar a hablar de la película voy a sacar a Brad Pitt de escena, porque una mirada apenas más profunda a ese personaje que habla como Popeye y camina con el porte de un jugador de baseball de los años treinta hundiría toda la película sin siquiera entrar en cuestiones teóricas o técnicas.
Quizás la primer escena sea la mejor de la película junto con la escena del bar, los diálogos son de una densidad muy bien manejada y con la tensión justa, todo nace en torno a una lógica por la cual podemos culpar a Hitchcock: el espectador sabe algo que quien está en primer plano no sabe y debería saber.
Esa premisa se renueva constantemente la primer media hora de la película, pero lo importante es que ni siquiera el espectador está seguro de lo que sabe, la temperatura medida con exactitud. Pienso que todo se debe a esa tensión que el mismo Quentin sabe no puede estallar todavía y se ve obligado a encadenar a palabras exactas y diseñadas para cortar vendajes.
Luego el horror. Por momentos pienso que Tarantino debería saber que la suma de las partes no hacen a un total, la estética no cumple las mismas reglas que la aritmética. La suma de gente linda, escenas de acción desmedida y el morbo que nace de los bosques de una Alemania parodiada no necesariamente concluyen en una muestra de estilo personal o en lo que podría ser justificado en un pastiche pop o trash como resulta ser esta película.
Me cuesta entender y aceptar que ese mismo niño inmaduro, casi escatológico que cubre sus ideas con borbotones de sangre y una musicalización tan estudiadamente fuera de lugar (Watchmen o Forrest Gump saben de lo que hablamos), pueda ser el autor de los guiños que se pueden encontrar si se lee a contrapelo. Pudiendo ser, la eterna guerra entre el mundo de Hollywood y el cine europeo (Pabst) o la posibilidad de leer como un absurdo los excesos de su tropa de ajusticiadores-arranca-cabelleras por el solo hecho de que el director de esta especie de naranja mecánica (y cuanto le roba a Kubrick) tenga unos microlitros de sangre de los pueblos originarios de su país…ni siquiera entremos en la comparación de este rito de guerra con los principios étnico-políticos de un tercer reich.
Cristoph Waltz sabe cerrar ese vacío que queda entre un pastiche de estupidez, gore del viejo y un historicismo pop que nos hace ver que Tarantino aprendió de gente que sabe lo que dice, pero hace notar en cada nueva película la diferencia entre un compositor y un interprete si estuviesemos llevando el cine a la música.
Lo avisé, ahora pueden quejarse o tildarme de lo que más les guste.
Daniel Guebel – “Los padres de Sherezade”
“La escena que se sucedió a continuación impresionó de tal manera a Stendhal, que modificó su primer impulso literario, el cual era convertirse en “escritor de escenas de guerra”. Su famoso capítulo sobre la batalla de Waterloo, qeu puede consultarse en las páginas de La Cartuja de Parma, es, al mismo tiempo, tanto una brusca y “moderna” puesta en escena narrativa de la imposibilidad de un individuo (en este caso Fabricio del Dongo) por percibir sensible e intelectivamente la totalidad de los hechos de masas colectivos, como una sutil renuncia a ahondar en los procesos de destrucción concomitantes a cualquier conflicto bélico, efectos ambos que, a nivel estilístico, reflejan la reacción de espanto qeu invadió al novelista francés ante la progresiva devastación de aquella pobre bestia humana que, en medio de charcos de linfa y sangre y vapor y excrementos, entregó piely grasa y músculos y órganos a manos de Vilnius Daugavpils.”
Daniel Guebel
“La nariz de Stendhal”, Los padres de Sherezade, Eterna Cadencia 2008.
Quizás, la oración más larga (dos oraciones para todo el parágrafo) y más precisa (no por eso la mejor) de todo el libro. Un compilado corto y pensado que denota la buena madera o la naturaleza deun eximio guionista. Cada uno de los cuentos podría ser un excelente corto sin tener que (des)trozar el texto como se suele hacer últimamente para cualquiera de las pantallas a las que migra la narración.
Un poco de aire…
Oren Lavie – Her morning elegance
¿Un paso para adelante o dos para atrás?
Hace muy poco se dio a conocer el nuevo integrante de la familia, como cuando un animal exótico nace en el zoológico de la ciudad y todos los medios salen a escupir la misma pregunta de siempre, buscándole un nombre al limitado animalito. Las cosas no fueron muy diferentes por este lado, sacando que tuvo menos trascendencia y el nombre ya estaba puesto, igual al de la vaca: Aurora.
Soy uno de entre tantos que se queja de la falta de debate en el país, y no hablo únicamente de intelectuales o estudiosos de lo que llamamos humanísticas (después de todo el método es distintito pero el objeto termina reflejando lo mismo), sino que hablo de algo más general. Perdimos hace tiempo, y trato de no poner en duda que lo hayamos tenido, el beneficio del diálogo y de la duda. Es por eso que la creación de un nuevo frente intelectual opuesto al oficialista debería traer frescura al panorama. Pero no es así.
Todo este movimiento tiene un tiempo y un lugar a los que no podemos obviar ni dejar de leer a contrapelo como recomienda la teoría Benjaminiana.
Vivir hoy en una Argentina post urnas 09 nos obliga a pensar que si los resultados de las últimas elecciones no hubiesen sido los que fueron estos personajes no se habrían embanderado bajo ningún estandarte. Y no es que no tuviesen un grupo contrario, porque ya son varios años de Feinmann y Verbitsky apostados en las trincheras de la casa rosada.
La construcción del manifiesto del tan nombrado grupo intelectual “Carta Abierta“ fue otro, el primer grito fue en defensa de un gobierno democrático y popular donde la crítica no estuviese maniatada como se encuentra hoy en día. Esa fue al menos su carta de presentación.
Por otro lado, es claro como este nuevo grupo más cercano a la oposición se construye (o deconstruye) a partir de la negación, cuando reconocen el tinte no peronista. Si la política argentina tiene un vicio es este mismo, la construcción de una identidad propia a partir de lo que no somos, o mejor dicho de lo que el otro es.
Después de todo sino supiesen como enfrentar la situación no serían los primeros, frente a la estructurada censura del gobierno de turno tendríamos que entender el riesgo con los dientes apretados, pero no por eso deberían dejar de defender el rol que tienen como referentes intelectuales.
Como dije en un comienzo, esto debería ser un sorbo de agua cristalina en la situación política e ideológica en la que nos encontramos, pero sería realmente reparador si los componentes fuesen otros. Hablemos un poco de tres de los mejores alumenos del curso: Marcos Aguinis (Escritor, Psicólogo) y Atilio Alterini (decano de la Facultad de Derecho de la UBA) y Jorge Vanossi (ex legislador radical). Ahondemos un poco en estos tres perfiles:
Vanossi: diputado en la lista de Alfonsín, y luego ministro de Justicia de Duhalde. Luego fue diputado de Macri, golpista económico que echó a Alfonsín porque no quería entregar el patrimonio nacional para su desguace. Principal responsable de las muertes de los piqueteros Kosteki y Santillán. Uno de los encargados de impulsar y aprobar las conocidas leyes de Obediencia de vida y Punto final. Ahora, renovada figura del radicalismo.
Aguinis: reconoció estar a favor de las medidas que toma el Estado de Israel frente a los prisioneros de guerra y civiles palestinos. Ha dicho en reiteradas ocasiones que si bien Israel no es un país perfecto es un país ejemplar en materia de derechos. Está a favor de la eliminación de un modelo educativo público y gratuito.
Alterini: luego de un fraudulento ascenso dentro de la facultad de derecho fue cuestionado por haber participado del gobierno militar de Onganía y Lanusse, habiendo cumplido la función de juez durante los años 1976-77, y por ser Director de Asuntos Jurídicos durante 1981 y 1982 -ambos cargos durante la última dictadura militar.
No hay más que desempañar la cristalización de las noticias y buscar en la superficie del archivo para ver hacia donde está apuntada la reunión de lo que pretende convertirse en una fuerza de choque ideológica. Algo inevitable al final del día, después de todo ¿Qué no es ideología?
Muchos se alegran de que exista un nuevo panfleto aparte del oficial, ¿pero no es acaso el oficialismo el que necesita de la existencia de un opuesto para construirse a sí mismo? Las aguas estarán un poco más turbias ahora que cada uno eligió a su adversario, pero antes de que se ponga vuelve a aflorar el presentimiento de que estamos esperando a Godot.
Por un universo sin calendarios
Desterremos por el bien de todos, los aniversarios, cumpleaños y demás recordatorios del calendario (ya sea gregoriano, lunar, azteca, etc.); tengo fuertes convicciones en que eso evitará separaciones, olvidos y por ende enojos, y demás situaciones incómodas que son el efecto secundario del olvido.
Prohibamos el recuerdo fechado, solo será válido todo recuerdo que no necesite de una marca para diferenciar la fecha del resto. Si uno realmente lo necesita o lo tiene presente lo recordará. Lo que busco destituir no es el recuerdo sino la marca, esa marca obligatoria que hace del recuerdo algo ineludible, la marca totalitaria del almanaque.
Propongo que no festejemos más los cumpleaños, el hecho de tener que pensar en mi cumpleaños me liga directamente a saber que en el año que quedó atrás no he hecho un reverendo carajo, niguno de mis yo´s lo ha hecho.
Sumo adeptos.
Solo vivamos.
PS: Quizás esto sólo sea la paranoia de llegar al 2 de Julio una vez más y estar parado en el mismo lugar, por las dudas no se asusten ni lo anoten.
“La Boheme“ Candidata
La realidad cada vez más alineada a la derecha no garantiza un solo derecho.
Yo me sigo quedando con la literatura.
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El Poeta Maldito
“Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos del hombre:
El derecho al desorden y el derecho a marcharse.
“
El derecho al desorden y el derecho a marcharse.
Próximas elecciones votemos a Baudelaire, él sí sabía de anarquías y no cobraba.
Famoso Recambio secundario
Creo, no estoy muy seguro de lo que voy a decir, pero llegamos al recambio generacional de los que tienen un lugar en la fama.
Pero es un recambio con olor a tontería, no se van los gerontes, se van los talentosos. Y con ellos los fanáticos, no hay palabra que cuadre mejor.
Simplemente queda esperar una vez más las chispas del potencial creativo (por qué no también revolucionario?) y artístico de una generación que no tiene héroes pero que piensa con demasiados límites para alguien que no tiene estandartes.
No puedo dejar de pensar como la desaparición de un ícono “Pop“ como Michael Jackson produce no solo en sus compatriotas sino también en el resto del mundo un dolor que no se manifestó antes. Lo trágico no es su muerte, sino la insensibilidad ante la opresión y el dolor (actual o venidero) de las masas que todo el mundo destila, por eso sonreiré como un tarado, o como un loco, cuando vea que la gente use twitter o facebook para apoyar la abolición de un estado militar como el que nace en Honduras, o para repudiar a Israel la próxima vez que no le tiemble el pulso para apretar un botón sobre Gaza. Vale también acordarse de lo que sucede en Irán y las elecciones…
Este segundo tipo de recambio no tendría por qué doler más que el primero, pero la visión nos falta hace rato. Los nuevos medios se usan una vez más por gente con ideas viejas o por lo menos una perspectiva lisa y ciega.




